Durante décadas, el libro impreso fue el principal medio de acceso a la lectura. Su materialidad, el papel, el olor, la posibilidad de subrayar físicamente generaba una experiencia sensorial y lineal. Leer implicaba concentrarse e interactuar de forma directa con el texto. Este formato favorecía una lectura profunda, reflexiva y sin interrupciones, lo que moldeó durante años la manera en que las personas comprendían y procesaban la información.

Este formato favorecía una lectura profunda, reflexiva y sin interrupciones, lo que moldeó durante años la manera en que las personas comprendían y procesaban la información.
Con la expansión de internet y los dispositivos electrónicos, se popularizaron los documentos en PDF y los libros digitales. Este formato destacó por su accesibilidad, ya que permite almacenar y leer textos en computadoras, laptops y celulares, además de compartirlos de forma inmediata, lo que resultó especialmente útil en contextos académicos. Sin embargo, también fomentó una lectura más práctica que reflexiva, al promover en los jóvenes el “escaneo” de los textos, es decir, un vistazo rápido y selectivo que, en muchos casos, reduce la profundidad con la que se analiza el contenido de los mismos.
Por otro lado, dispositivos como Kindle ofrecen una experiencia que combina lo tradicional y lo digital. Permitiendo ajustar el tamaño de letra, hacer anotaciones, integrar diccionarios y almacenar numerosos libros en formatos como EPUB. Su pantalla de tinta electrónica reduce la fatiga visual, mientras que su batería de larga duración facilita su uso por varios días sin recarga. Además, al no centrarse en redes sociales y poder utilizarse sin conexión a internet, disminuye las distracciones y favorece una lectura más continua, acercándose a la experiencia del libro físico.

Esta transición ha cambiado la manera en que los jóvenes entienden la información, ya que, la lectura digital suele ser más fragmentada al estar influida por la multitarea y el uso constante de redes sociales, situación que puede hacer más difícil concentrarse en textos largos o complejos. Sin embargo, también ha desarrollado habilidades como buscar información rápidamente, comparar diferentes fuentes y navegar con facilidad entre contenidos.
A pesar de las críticas que señalan una posible pérdida de la lectura profunda, también es importante reconocer que estos cambios representan una evolución más que una decadencia puesto que, los jóvenes no han dejado de leer, sino que han adaptado sus hábitos a un entorno digital que exige nuevas formas de interacción con el conocimiento; haciendo que la lectura se vuelva más flexible, dinámica y contextual.
En conclusión, la transición del libro convencional a la lectura digital refleja un cambio cultural impulsado por la tecnología que, más que sustituir al libro impreso, amplía las posibilidades de lectura con sus nuevos formatos. El desafío actual radica en encontrar un equilibrio que permita aprovechar las ventajas del entorno digital sin perder la capacidad de análisis crítico y reflexión profunda que caracteriza a la lectura tradicional. En este sentido, resulta fundamental fomentar hábitos de lectura combinen el uso de herramientas digitales con momentos de lectura más consciente, de modo que los jóvenes no solo accedan a más información, sino que también logren comprenderla, analizarla y aplicarla de manera significativa en su vida académica y cotidiana.

Yusof, D. A. A. (2021). Reading Habits Among Students in the Digital Era: Changes of Trends and Behaviours. https://doi.org/10.24191/aclim.v1i1.5
Bresó-Grancha, N., Jorques-Infante, M. J., & Moret-Tatay, C. (2022). Reading digital- versus print-easy texts.https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/35522338/ Abbas, S. G., et al. (2024). Investigating the Impact of Digital vs. Traditional Reading Habits. https://doi.org/10.53555/kuey.v30i6.7835





