“Érase una vez” fue una puesta en escena que combinó lo mejor de las artes; bajo la dirección artística del maestro Raúl García Velázquez, el teatro del Complejo Cultural Universitario envolvió al público en una experiencia multisensorial, con ballet, tap, danza contemporánea, notas musicales y canto afinado. Con maquillaje colorido, vestuarios innovadores y talento desbordante, la orquesta sinfónica de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, el coro de la misma institución y la compañía de danza Antoinette se alistaron para deslumbrar en el escenario el 30 de abril, con una función que prometía un viaje nostálgico a través de las canciones clásicas de Disney.
Media hora antes de dar por iniciada la función el público esperaba ansioso desde su asiento, pequeños y pequeñas disfrazadas de sus personajes favoritos: Elsa de Frozen, Jazmín de Aladdin, hasta Pumba y Timón del Rey León, listas y listos para disfrutar de sus canciones favoritas en vivo. El espectáculo resultó atinado a la fecha, puesto que los niños y las niñas disfrutaron de una experiencia distinta que les entretuvo y enamoró de las artes.








Antes de que abriera el telón, los artistas daban los últimos retoques en el camerino. Bibi, contralto del coro sinfónico de la BUAP, personificada de Bella, se encontraba emocionada ya que “es un gran espéctaculo que reúne la dedicación de todas la compañías artísticas de la BUAP”. La cantante recalcó el “rápido y complicado” proceso de preparación para la función, aún con ello, dijo que fue “un desarrollo muy ameno”. También, Alfredo, caracterizado de Hades y parte de las cuerdas de bajo del coro universitario, contó que fue la primera vez que participó con el coro, así como Bibi, el vocalista dijo que “fue un proceso de preparación muy rápido, empezamos con ensayos hace cerca de dos semanas, hay tanto profesionalismo y la dirección es muy buena que se logró estar en la función”.
Al dar las seis de la tarde, la escenificación afinó, calentó y abrió el telón. La travesía comenzó con “Cuando le pides un deseo a una estrella”, interpretada por Fernando Meneses, esa melodía que durante años ha simbolizado la promesa de que los sueños pueden cumplirse. Al finalizar, llegaron los colores del jazz y la energía de Elisa Cova cantando algunas de las canciones de La Princesa y el Sapo, la tercera parte de esta obra se vivió con Marco Dector, creando el dramatismo gótico de El Jorobado de Notre Dame, para concluir con la primera sección, a dueto, Carmen Ferrá y Fernando Meneses deleitaron al espectador con la delicadeza romántica de las composiciones de La Bella y la Bestia; en cada una de las melodías, el ballet complementó con elegancia las voces del coro y la instrumentación de la orquesta.









Tras el intermedio, la aventura continuó por desiertos encantados, mares profundos y reinos congelados. Las canciones principales de Aladdin aportaron dinamismo a la función con la voz de Dector, y visualmente las bailarinas fascinaron a la audiencia con sus movimientos de ballet clásico y tap que armonizaron de manera increíble con el canto, asimismo, los protagonistas de Aladdin, brillaron con laboriosas pero asombrosas cargadas; La sirenita mostró el baile de las más pequeñas, con la frescura y el misterio del océano que Meneses presentó con su talento vocal, además los príncipes del mar: Ariel y Erick se lucieron con sus apasionados movimientos del ballet, acompañados de la solista Nina Rios, como Úrsula, la villana de la historia; la fuerza emocional de una generación contemporánea se notó en Frozen, donde no sólo se escuchó la voz de Carmen Ferrá, sino el vocerío de los y las menores que acompañaron una de sus canciones preferidas. Finalmente, el número de la noche: el Rey León. la majestuosidad de África se reflejó en las butacas del teatro con toda la potencia coral, orquestal y dancística. Los vestuarios, más que un disfraz sobre puesto, fueron una extensión de cada artista que le daba vida a su rol.
Cada interpretación tuvo el propósito de conectar no solo con el oído, sino con la experiencia íntima de quienes crecieron cantando estas historias. José Antonio de la Rosa Esparza, director del coro sinfónico de la BUAP, “una de las cinco compañías artísticas del Complejo Cultural Universitario”, compartió que participaron más de 100 voces y que estas alianzas con la orquesta y la compañía de danza tienen una gran relevancia para “lograr el resultado artístico de alto impacto y gran calidad”.
“Érase una vez” convirtió canciones conocidas en una experiencia colectiva donde niños y adultos compartieron el mismo asombro, un panorama que no solo ocurrió fuera del escenario, también dentro, donde los maestros de las artes compartieron estrado con sus alumnos, un ejemplo de ello es: Alejandro Díaz, maestro de la compañía de danza Antoinette, que tuvo la oportunidad de bailar codo a codo con los bailarines que él mismo ha guiado y formado.
Alejandro Díaz de León, mencionó que “para nosotros fue un sueño […] fue impresionante poder compartir el escenario con mis alumnos, mis compañeros, además de dirigirlos […] cuando yo bailo con mis alumnos y con la gente que conozco, me siento en familia y en casa”, más aún, resaltó la importancia de los ensambles con el CCU, ya que “así se logra el éxito”. “Nos quedamos eufóricos con la presentación de hoy”, concluyó el bailarín.
Uno de los tantos protagonistas de esta velada fue el sonido en vivo. Porque escuchar esta música fuera de la pantalla permitió descubrir detalles que muchas veces pasan desapercibidos: el brillo del arpa que evoca magia, la tensión de los contrabajos en los momentos de peligro, el estallido de los timbales anunciando la aventura o la delicadeza de las maderas acompañando una escena de amor y esperanza, aunado a los pasos de baile que en conjunto hicieron escenas difíciles de olvidar.


Cuando la última nota se extinguió en el aire, los espectadores quedaron con un sabor agridulce, que pedía más coreografías, melodías y partituras, a su vez, comprendían que para que sea memorable la obra, debe ser efímera. La puesta en escena dejo la sensación más poderosa de todas: algunas historias nunca terminan, simplemente aprenden nuevas formas de ser escuchadas.





