La habitación no tenía nombre. No era una bodega ni mucho menos un almacén, estaba en obra negra — si bien le iba — o era un espacio con láminas, algunos recubrimientos para que la humedad, el polvo o los animales silvestres no lo usaran de hogar, sin embargo, terminaba infestada de insectos y plagas.
Casi siempre, estaba detrás de la casa, en un rincón del patio, servía para guardar cosas descompuestas, chatarra; sillas rotas, herramientas viejas, juguetes, botes, cajas, etc.
El cuarto de los tiliches o los cachivaches era común en Mexico, e incluso, lo sigue siendo en algunos hogares del país. No se trataba de un espacio lleno de basura o suciedad o desorden, era un lugar donde terminaban todas las cosas que: “algún día podrían servir”.
Algunos lo catalogarían como desorden o acumulación, pero para los mexicanos, tener un cuarto de cachivaches era necesario. En un país, marcado por la desigualdad social y la falta de oportunidades, tener objetos de repuesto resultaba necesario. No era tan sencillo deshacerse de algo por el simple hecho de que ya no funcionara o tuviera un pequeño defecto, como buen mexicano, pensar que todo tiene solución y que en algún momento se repararía era motivo suficiente para mandar aquel objeto al cuarto de tiliches.
Algunos objetos permanecían en el mismo sitio durante años, se empolvaban, se enmohecían, y servían de casa para algunos roedores, y cuando era turno de limpiar, redescubrías aquel juguete de tu infancia, la televisión vieja de bulbos, las herramientas que creías perdidas, los adornos navideños. Nada de ahí era basura. Era inimaginable pensar que algo se podía tirar…en algún momento podría servir.
Y a veces, era cierto. Cuando menos lo imaginabas, te dirigías al cuarto de los cachivaches y desempolvabas algún objeto, lo reparabas, y le dabas un segundo aire de vida. “¿Para que comprarlo de nuevo?” En México todo se puede reutilizar, todo se puede reciclar y aún la basura puede ser usada con provecho.
Actualmente seguimos haciendo lo mismo. Ahora, el cuarto de tiliches está lleno de cargadores viejos, celulares descompuestos, cables que desconocemos, electrodomésticos que juramos, podemos reparar.
Por herencia o necesidad, seguimos acumulando, nos gusta creer que todo, en algún momento, puede repararse, pero ¿Qué tanto de lo que conservamos puede tener un segundo aire de vida? O ¿acaso vivimos en una epoca en donde ya nada se repara y todo es basura?





