Cuando la taekwondista mexicana Seo Hyun Cecilia Lee Kim ganó la medalla de plata en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, su logro deportivo quedó opacado por una discusión que poco tenía que ver con su desempeño. Una publicación de la Liga Nacional de Guatemala la calificó como “coreana” y cuestionó que representara a México, a pesar de que nació en el país, tiene la nacionalidad mexicana y compite oficialmente bajo la bandera nacional.

Pese a que México ha construido un discurso en el que presume ser una nación diversa y multicultural, en la práctica sigue existiendo una imagen muy específica de cómo es que se supone debe verse físicamente su población. Por ello, basta con tener rasgos asiáticos, un apellido extranjero o una apariencia distinta al estereotipo para que las personas pongan en duda la identidad nacional de alguien, incluso cuando legal y culturalmente pertenece al país.

El caso de Cecilia no es un hecho aislado pues en redes sociales es frecuente encontrar comentarios dirigidos a mexicanos de ascendencia asiática, africana o europea preguntándoles “¿de dónde eres realmente?” o asumiendo que son extranjeros simplemente porque no encajan en la imagen tradicional del mexicano mestizo. La nacionalidad deja entonces de entenderse como una condición jurídica y una construcción cultural para convertirse, erróneamente, en una cuestión de apariencia física.
Pero cómo estandarizaríamos nuestro aspecto si México es uno de los países con mayor diversidad étnica y cultural de América Latina y con base en la historia somos producto de muchos pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, migrantes españoles, libaneses, chinos, japoneses, coreanos, alemanes, italianos y de muchas otras nacionalidades. Es incoherente afirmar que toda la población debería verse similar. Sin embargo, el imaginario colectivo sigue asociando la mexicanidad con ciertos rasgos físicos como la piel morena, el cabello oscuro y los apellidos de origen español.
En el deporte, el desconfiar de la ciudadanía de un atleta sólo por sus rasgos físicos resulta especialmente llamativo porque para que ellos puedan representar oficialmente a un país deben cumplir con ciertos requisitos establecidos por sus federaciones y por las normas internacionales. Entonces cómo alguien podría cuestionar su nacionalidad solo porque sus rasgos se salen del estereotipo.

Esta polémica refleja el problema de reducir la identidad nacional a un conjunto de rasgos físicos y plantea la necesidad de abandonar la idea de que existe una sola forma de “verse mexicano” porque la nacionalidad no depende ni del color de piel, ni de la forma de los ojos, ni del apellido ni del origen de los padres, sino que se construye a partir de la interacción social, la historia personal, la cultura compartida y el sentido de pertenencia.
De manera que, el verdadero desafío es dejar atrás los prejuicios y las actitudes racistas porque solo cuando dejemos de juzgar quién “parece” mexicano y aceptemos que México tiene múltiples rostros, podremos construir una sociedad en la que la diversidad sea motivo de orgullo y no de cuestionamiento.

Fuente:
Giménez Montiel, G. (2009). Identidades sociales. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). https://ru.iis.sociales.unam.mx/handle/IIS/4985
Hall, S. (2010). La cuestión de la identidad cultural. En E. Restrepo, C. Walsh y V. Vich (Comps.), Sin garantías: Trayectorias y problemáticas en estudios culturales (pp. 349–462). Instituto de Estudios Peruanos; Universidad Andina Simón Bolívar; Envión Editores. https://www.ram-wan.net/restrepo/identidad/la%20cuestion%20de%20la%20identidad%20cultural.pdf
Gall, O. (2004). Identidad, exclusión y racismo: Reflexiones teóricas y sobre México. Revista Mexicana de Sociología, 66(2), 221–259. https://doi.org/10.22201/iis.01882503p.2004.002.5991





