La gente teme la libertad. Tan solo pensemos en la incertidumbre de decidir por uno mismo y en la absoluta responsabilidad de aquellas consecuencias. Todos, preferimos refugiarnos en un sinfín de cosas, algunas de ellas peores que otras, pero nadie está exento de decir: “Soy absolutamente libre”.
Somos influenciados por la sociedad, la religión, la industria, el sistema económico; la familia, la pareja e incluso por algunas predisposiciones genéticas, entonces ¿Somos libres? En realidad no, pero no todo es culpa del sistema en el que estamos inmersos. En realidad, muy pocas personas quieren ser libres, por no decir, que nadie quiere ser libre.
La gente teme la libertad. Nadie sabe vivir, e incluso puede considerarse imposible la labor de decir: “soy autónomo y vivo según mis ideales”. Porque, siempre vivimos inspirados según los dictámenes de alguien más.
Nadie decidió vivir, nadie decide morir (incluso aquellos que deciden quitarse la vida); nadie decide su color de piel, su temperamento, su nivel socioeconómico; tampoco decidimos nuestro cuerpo, ni mucho menos nuestro nombre, por lo tanto nacemos para ser esclavos. Pero ¿esclavos de quién?
De nosotros mismos, de nuestros pensamientos, de nuestro cuerpo, de nuestra genética, del sistema socioeconómico, de nuestras atracciones, de nuestras necesidades. Al final, la primera esclavitud no es aquella que el mundo te impone, es aquella con la que naces, con la que tus padres y los padres de tus padres y los que estuvieron antes que ellos decidieron que tuvieras.
Entonces ¿somos víctimas? No, tampoco es un castigo el yugo que cargamos, al final, no todo es malo, pero tampoco, no todo es bueno. Entonces, ¿qué nos toca hacer?
Ser conscientes es el primer paso para intentar ser libres. Aunque, realmente, nadie logra algo así. Todos necesitamos depender de algo; todos nos volvemos esclavos de algo. Tan solo hay que decidir ante quién cedemos.
Un pensamiento de absoluta autonomía, lo tuvo Friedrich Nietzsche, la llamó el Superhombre, y por un momento, creyó que esta generación sería aquel Superhombre…¡Que tan equivocado estaba! Tuvo tanta fe en esta generación que si resucitara, volvería a morir de la decepción.
Nos tuvo mucha fe, y fallamos. Pasamos de ser esclavos de la religión, la moral, la tradición, de la política, y nos hemos vuelto esclavos de la tecnología, de la estupidez humana, de la moda, de la comodidad, del placer instantáneo, de la industria.
En vez de subir el escalafón, hemos descendido. Nos hemos colocado un yugo de placer, de luces, colores, sonidos, sensaciones. Hemos celebrado la idiotez, el hedonismo, la falta de inteligencia.
Una vez más, hemos demostrado que le tememos a la libertad. Cuando estamos cerca, nos volcamos y regresamos. No nos gusta salir de la cueva, ni nos atrevemos a ver la luz del día. Al contrario, nos gustan las sombras, los destellos, los ecos, los murmullos. ¿Por qué? Porque son más seguros. Al final, el cerebro no entiende entre lo que le conviene y lo que le perjudica. Nuestros instintos se inclinan a aquello que es seguro, placentero; lo que menos gasta energía. Tampoco diferencia entre ficción y realidad.
Por lo tanto, a pesar de que vivimos en una era de ficción, a nuestro cerebro no le importa, al contrario, es placentero porque causa menos desgaste y somos adictos al placer.
Por lo tanto, la próxima vez que te atrevas a juzgar a una personas por su credo, sus tradiciones o sus costumbres, pregúntate ¿De qué soy esclavo?
Regresando a Nietzsche, él aseguraba: “Dios está muerto y nosotros lo asesinamos”. Queriendo decir que la ciencia había desplazado la religión y la sociedad estaba próxima a forjar una moral con base a un pensamiento individual, reflexivo y llevando la vida a un nivel nunca antes visto con un propósito y un valor mayor.
Sin embargo, ¿Qué tanto de eso ha pasado? Una vez, cuando estuvimos cerca de ser libres, llegó un nuevo dios y nos hizo esclavos, demostrando una vez más, que la gente le teme a la libertad.





