La Copa Mundial de la FIFA ya llegó. México tendrá 13 partidos, el antiguo estadio Azteca presumirá ser el único estadio en haber inaugurado tres mundiales; se espera una derrama económica de hasta 4000 millones de dólares, los extranjeros disfrutarán de los tres únicos estados que tendrán partidos mundialistas (CDMX, Guadalajara, Nuevo León) y por un corto mes, México se volverá un país sumamente futbolista, pero ¿los mexicanos estamos invitados a esta fiesta?
Durante la ceremonia de inauguración, millones de mexicanos estarán trabajando, algunos ya llevarán horas haciendo, otros se estarán alistando, algunos tendrán que buscar vías alternas; otros tendrán que buscar la manera de hallar trasporte público. Habrá caos, alteraciones públicas, enojos, tristezas, estrés; muchos maldecirán la fiesta mundialista; algunos hasta tendrán que pelearse con elementos de seguridad vial para poder ingresar a las colonias aledañas a los estadios mundialistas. Pero solo será para el ciudadano común, para aquel que no tuvo el privilegio de comprar un boleto que oscila entre los 10 mil pesos y que revendedores vendían hasta en medio millón de pesos; para aquel que tendrá que continuar con su jornada habitual teniéndose que acoplar a la nueva movilidad, a las nuevas exigencias de tránsito, al nuevo ambiente “mundialista”.
Porque para él o ella, no hay mundial ni por televisión, radio o internet a excepción que se pague una suscripción a alguna plataforma que de accesos a los partidos del mundial. El ciudadano común tendrá que conformarse a las transmisiones de televisión abierta, a los resúmenes de redes sociales, a las conversaciones entre compañeros, amigos o conocidos. Tendrá que conformarse con “el ambiente” fuera de los estadios, y eso, si se le permite ingresar debido a las restricciones que impusieron de hasta 2 kilómetros alrededor de los estadios.
Ahora solo queda permitir que los turistas, extranjeros y un grupo selecto de la población disfruten del mundial. Solo queda ver el entusiasmo de los turistas recorriendo las calles recién pintadas, con murales repletos de ajolotes, a pesar de que este animal está en peligro de extinción y nadie evita su inminente desaparición; solo queda esperar a que los extranjeros se maravillen de las calles coloridas, que por cierto, fueron repintadas en más de una ocasión y generó un despilfarro de dinero de hasta 250 millones de pesos en contratos.
Porque las personas de algunos otros países se maravillarán de la logística, de los escenarios, de las calles, de los paisajes, de los comercios, de los mexicanos, pero detrás de las vallas, está la realidad, porque detrás de todo el despilfarro de recursos públicos, está un país con más de 40 millones de pobres; porque detrás de la atención mediática por el futbol, están miles de madres que buscan a sus hijos, están miles de mujeres que buscan justica; están los 43 de Ayotzinapa; están cientos de maestros exigiendo mejores condiciones laborales.
Porque detrás de los grandes establecimientos de comercio, centros comerciales, plazas selectas, están cientos de mexicanos que se les impidió vender mercancía y se les prohibió el comercio ambulante; están cientos de establecimientos que ya fueron amenazados por la FIFA de ser sancionados si trasmiten los partidos sin previa autorización; están docenas de comercios que serán sancionados por vender mercancía no autorizada. El precio de los hoteles, Airbnb y de cualquier otro alquiler vacacional superan los miles de pesos, aunado a la gentrificación que sufre la CDMX y otros estados del país.
Para algunos, el mundial no existe, porque las condiciones económicas, sociales y laborales no lo permiten. La copa de la FIFA se volvió un torneo elitista, donde los únicos beneficiados son una pequeña minoría que puede disfrutar y entrar a los estadios y sentir la euforia futbolística. Solo queda mirar más allá de los estadios, más allá de las plazas públicas y los centros históricos; más allá de este mes futbolístico. Al final del juego, los extranjeros dirán: México es un país increíble. Pero la deuda pública, el desgaste social, ambiental y hasta cultural, se lo quedará el mexicano promedio, aquel que no vio el mundial y continuó trabajando.
México tendrá su tercer mundial, de eso podrá presumir, sin embargo los mexicanos no fueron invitados.





